‘Verborrea’: la obra de matadero que nos enseña a entender la vida

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Hay obras que hablan de una historia concreta y otras que, detrás de esa historia, terminan hablando de algo mucho más grande. ‘Verborrea’, escrita y dirigida por Pablo Remón, pertenece a ese segundo grupo. En la Nave 10 Matadero, Javier Cámara, Israel Elejalde, Marta Nieto y Emilio Tomé se meten en el universo de una banda punk ficticia para construir un relato sobre el paso del tiempo, las expectativas que se quedan por el camino, la amistad, la familia y, sobre todo, la dificultad de aceptar que la vida nunca termina siendo exactamente como la habíamos imaginado.

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Y quizá ahí está una de las claves de la obra: en esa sensación tan humana de mirar atrás y preguntarnos qué hicimos con todos aquellos planes que alguna vez tuvimos.

Una historia que empieza con una banda y termina hablando de todos nosotros

‘Verborrea’ reconstruye la historia de una banda punk de los años 80 a través de sus personajes, sus recuerdos y las diferentes versiones que cada uno tiene de lo ocurrido. La estructura juega con la idea de una vieja cinta de casette, con una cara A y una cara B, para mostrarnos que una misma historia puede cambiar dependiendo de quién la cuente.

Dos hermanos, Kike y Segis, criados bajo la autoridad de un padre franquista, terminan tomando caminos diferentes. De esa necesidad de rebelarse nace Segismundo Tóxico y, con él, una banda que se convierte en mucho más que un grupo musical. Es una forma de construirse una identidad, de escapar de lo establecido y de intentar encontrar un lugar propio en el mundo.

Pero el tiempo pasa. Y lo que en un momento parecía el principio de algo enorme puede acabar convertido en un recuerdo, en una herida o incluso en una historia que uno sigue contando para convencerse de que las cosas fueron de otra manera.

El paso del tiempo como protagonista

Aunque la música y el punk son el punto de partida, ‘Verborrea’ habla realmente del tiempo. De ese futuro que imaginamos cuando somos jóvenes y que, con los años, puede acabar siendo completamente distinto al que habíamos proyectado.

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La obra consigue que esa reflexión no se quede únicamente en sus personajes. Porque todos hemos pensado alguna vez en la persona que queríamos ser, en los lugares a los que creíamos que llegaríamos o en las relaciones que imaginábamos que durarían para siempre. Y todos, en mayor o menor medida, hemos tenido que aprender a convivir con aquello que no ocurrió.

Ahí aparece también una mirada al amor y a los vínculos. No necesariamente desde el romanticismo, sino desde algo mucho más amplio: el amor hacia las personas que forman parte de nuestra vida, incluso cuando las relaciones cambian, se rompen o se quedan atrapadas en el pasado. Porque crecer también significa descubrir que querer a alguien no siempre significa poder mantenerlo cerca.

Una escenografía que nos devuelve a la infancia

Uno de los elementos que más llama la atención desde que se entra en la sala es la escenografía. Una caravana aparece en el centro del espacio, rodeada de arena, mientras varias sillas verdes se distribuyen alrededor del escenario. No es una escenografía que simplemente acompañe a la historia: forma parte de ella y ayuda a entenderla.

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La caravana y la arena transmiten una sensación casi infantil, como si nos llevaran a ese momento de la vida en el que todo parece posible y cualquier espacio puede convertirse en un mundo entero. Hay algo de juego, de imaginación y de infancia en esa imagen, pero también de recuerdo. Como si los personajes hubieran quedado atrapados en algún lugar entre aquello que fueron y aquello en lo que terminaron convirtiéndose.

La caravana, además, funciona como una especie de refugio y cápsula del tiempo. Un lugar que parece guardar dentro todas esas historias que los personajes han ido acumulando con los años. Y la arena, extendiéndose por el suelo, refuerza todavía más esa sensación de que el tiempo lo acaba cubriendo todo, pero nunca consigue borrar completamente lo que hemos vivido.

Una caravana enterrada en arena

Visualmente, la propuesta encuentra uno de sus grandes aciertos en una escenografía aparentemente sencilla pero cargada de significado. Una caravana rodeada y parcialmente enterrada en arena ocupa el centro del espacio escénico, mientras varias sillas verdes aparecen repartidas por el espacio.

La disposición hace que el público no sienta que está simplemente observando una historia desde la distancia. La acción sucede prácticamente a nuestro alrededor. Los espectadores rodean el espacio y los intérpretes se mueven dentro de él, rompiendo esa separación tradicional entre escenario y butacas.

La caravana, desgastada y cubierta de arena, parece pertenecer a otro tiempo. Y funciona especialmente bien dentro de una obra que habla precisamente de lo que queda cuando los años han pasado: los restos de una vida, de una banda, de unos sueños y de una identidad que se niega a desaparecer.

Una obra que podría ser una serie documental

Hay algo especialmente interesante en la forma en la que ‘Verborrea’ construye a sus personajes: cada una de sus vidas parece tener suficiente material como para protagonizar su propia serie documental.

Y quizá esa sea una de las grandes virtudes de la obra. No estamos ante personajes que existan únicamente para hacer avanzar una trama. Son personas con un pasado, con decisiones que tomaron, otras que no tomaron, relaciones que cambiaron y recuerdos que siguen condicionando su presente. Cuanto más conocemos de ellos, más sensación tenemos de que detrás de cada uno podría existir otra historia.

Porque, al final, la vida de cada persona es interesante. Todos tenemos momentos que podrían convertirse en capítulos, personas que marcaron un antes y un después, decisiones que cambiaron nuestro camino y recuerdos que seguimos revisitando años después. ‘Verborrea’ consigue precisamente eso: que nos importe la vida de sus personajes incluso cuando dejamos de pensar en ellos como personajes.

Por momentos, la obra tiene algo de documental teatral. Como si estuviéramos sentados frente a cuatro vidas reales y alguien hubiera decidido abrir el archivo de sus recuerdos para que pudiéramos mirar dentro. Y esa sensación hace que lo que ocurre sobre el escenario resulte todavía más cercano.

Javier Cámara y un reparto que sostiene la historia

Javier Cámara, Israel Elejalde, Marta Nieto y Emilio Tomé forman un reparto que permite que la historia avance a través de diferentes voces y perspectivas. No existe una única versión de los acontecimientos y cada personaje aporta su propia manera de recordar, justificar o reinterpretar lo vivido.

Especialmente interesante resulta esa idea de que la memoria tampoco es completamente objetiva. Con el paso de los años, todos modificamos nuestros recuerdos. Añadimos detalles, eliminamos otros y construimos una versión de nosotros mismos que quizá no coincide exactamente con lo que ocurrió.

El pasado, la infancia y todo lo que queda de nosotros

La infancia aparece así no solo como una etapa del pasado, sino como una parte de nosotros que permanece. La caravana, la arena, el juego, la música y los recuerdos construyen un espacio en el que pasado y presente conviven constantemente.

Porque crecer no significa dejar atrás completamente a la persona que fuimos. Significa cargar con ella. Con sus sueños, sus miedos, sus errores y también con todas aquellas cosas que alguna vez imaginó que serían posibles.

Y quizá por eso ‘Verborrea’ termina siendo mucho más que la historia de una banda. Es una mirada a cómo construimos nuestra propia vida a través de los recuerdos y a cómo, con el paso de los años, intentamos entender qué hicimos con todo aquello que queríamos ser.

Reírse de la vida para poder mirarla de frente

‘Verborrea’ tiene momentos de humor, pero debajo de esa comedia hay una melancolía constante. La obra consigue que el público se ría mientras habla de asuntos que, en realidad, pueden resultar bastante incómodos: el fracaso, la familia, el paso del tiempo, las oportunidades perdidas o esa sensación de que quizá nunca llegamos a ser quienes pensábamos que seríamos.

Y precisamente por eso funciona el humor. Porque hay momentos de la vida que solo podemos afrontar cuando somos capaces de reírnos un poco de ellos.

Cuando el futuro ya ha pasado

Al salir de la Nave 10 Matadero, lo que queda de ‘Verborrea’ no es únicamente la historia de aquella banda punk. Queda una pregunta bastante sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil: ¿qué hacemos cuando la vida que habíamos imaginado ya no puede suceder?

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Quizá la respuesta no esté en intentar recuperar el pasado ni en fingir que todo salió como esperábamos. Quizá esté en aceptar la historia que realmente ocurrió y aprender a vivir dentro de ella.

Una historia que podría ser la de cualquiera

Cuando termina ‘Verborrea’, cuesta quedarse únicamente con la historia de sus personajes. Porque lo que queda es una sensación mucho más universal: todos tenemos una historia que contar.

Todos hemos sido niños con una idea de cómo sería nuestro futuro. Todos hemos querido algo que quizá nunca llegó. Todos hemos perdido personas, cambiado de rumbo, tomado decisiones equivocadas y guardado recuerdos que con el tiempo hemos aprendido a mirar de otra manera.

Por eso esta obra podría ser perfectamente una serie documental. Porque la vida de cada uno de sus personajes es interesante. Y porque, si nos parásemos a escuchar de verdad la historia de cualquier persona que tenemos al lado, probablemente descubriríamos que también tiene capítulos suficientes para llenar una temporada entera.

‘Verborrea’ habla del amor, de la amistad, de la familia, de la infancia y de ese paso del tiempo que no podemos detener. Pero, sobre todo, habla de la necesidad de encontrarle sentido a la vida que nos ha tocado vivir.

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Y quizá ahí esté lo más bonito: en entender que no hace falta haber vivido una vida extraordinaria para tener una historia extraordinaria que contar.

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