No me toques el cuento: las princesas vuelven a romper el guion

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Hay obras que ves una vez y sabes que funcionan, pero también hay otras a las que puedes volver y comprobar que siguen teniendo exactamente la misma capacidad para hacerte reír. Esto ha pasado con No me toques el cuento, que ha vuelto al Gran Teatro Pavón y que, por segunda vez, me ha parecido igual de divertida.

Y eso tiene bastante mérito. Porque cuando vuelves a ver una obra ya conoces a sus personajes, sabes por dónde van algunas situaciones e incluso recuerdas determinados momentos. Pero No me toques el cuento tiene algo que hace que eso importe poco: su ritmo, su humor y, sobre todo, esa sensación de que en cualquier momento puede pasar algo que se salga completamente de lo previsto.

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¿Qué pasó después del “felices para siempre”?

La propuesta parte de una pregunta bastante sencilla: ¿qué pasó realmente con las princesas después de ese famoso “y vivieron felices y comieron perdices”?

Blancanieves, Cenicienta, Bella y Aurora dejan atrás la imagen perfecta con la que todos las hemos conocido y toman la palabra para contar su propia versión de la historia. La obra se mete precisamente en todo aquello que los cuentos tradicionales dejaban fuera: sus problemas, sus inseguridades, sus frustraciones, sus relaciones y las expectativas que se han colocado sobre ellas durante años.

Y lo hace desde un punto de vista completamente gamberro e inesperado.

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Aquí las princesas no son aquellas figuras perfectas que esperan tranquilamente a que llegue su príncipe para solucionarles la vida. Son personajes mucho más humanos, con sus contradicciones y sus propios problemas, que además están dispuestos a reírse de todo aquello que durante años hemos dado por normal en los cuentos.

La obra utiliza precisamente ese universo que todos conocemos para darle la vuelta. Los cuentos de nuestra infancia sirven como punto de partida para hablar de amor romántico, belleza, expectativas y de todos esos modelos que hemos ido aprendiendo casi sin darnos cuenta. Pero nunca se siente como un discurso pesado: la reflexión llega acompañada de humor, canciones y situaciones completamente disparatadas.

Cuando la obra se sale de la obra

Para mí, una de las mejores partes de No me toques el cuento es precisamente cuando deja de parecer una obra de teatro convencional.

Hay un momento en el que las protagonistas hacen como que se salen del guion y empiezan a hablar con el técnico. Y funciona muchísimo porque rompe por completo con lo que está pasando sobre el escenario. De repente, ya no estás solamente viendo una historia: estás viendo a las actrices jugar con la propia función.

Y esto se repite con la interacción con el público. La cuarta pared prácticamente desaparece y los espectadores pasamos a formar parte del juego. La obra sabe perfectamente cuándo dirigirse a nosotros, cuándo romper la ficción y cuándo volver a ella, y ese juego hace que cada función tenga algo de imprevisible.

De hecho, esta ruptura de la cuarta pared no es algo puntual dentro de la propuesta, sino una de las características que define el espectáculo.

Humor, música y mucha energía

No me toques el cuento es también una comedia musical.

La música forma parte de la función y ayuda a mantener ese ritmo que hace que los aproximadamente 90 minutos pasen prácticamente volando.

Y creo que ese es uno de los grandes aciertos de la obra: no deja demasiado espacio para que el ritmo caiga.

Entre las situaciones, los diálogos, las canciones, los momentos con el público y esas salidas del guion, siempre está ocurriendo algo.

Porque al final no necesitas ir al teatro buscando una obra complicada. A veces simplemente quieres sentarte, olvidarte durante un rato de todo y pasártelo bien. Y esta consigue exactamente eso.

Además, se me vuelve a hacer cortísima. Cuando quieres darte cuenta, ya estás llegando al final. Y para una comedia de unos 90 minutos, que después de verla por segunda vez sigas pensando que podría haber durado un poco más, es probablemente una de las mejores señales.

No me toques el cuento consigue algo que parece sencillo pero no siempre lo es: hacerte reír mientras juega con los cuentos que todos conocemos, cuestiona algunas de sus ideas y, de paso, se ríe hasta de sí misma.

Y si después de verla dos veces sigo saliendo del teatro con la misma sensación de diversión, creo que queda bastante claro: estas princesas todavía tienen mucho cuento que contar.

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