Crítica de Hugo 24: la precariedad como retrato generacional

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Luc Knowles construye en Hugo 24 una de esas películas que parecen pequeñas en su planteamiento, pero enormes en todo lo que terminan contando. Durante apenas 24 horas seguimos a Hugo, un joven al borde del desahucio que intenta reunir el dinero del alquiler mientras atraviesa también otro tipo de vértigo: el de dejar atrás la adolescencia y enfrentarse, de golpe, a la vida adulta.

La premisa podría resumirse fácilmente como un drama social sobre vivienda y precariedad laboral, pero la película funciona mucho mejor cuando evita el discurso obvio y apuesta por algo más difícil: convertir la cotidianidad en cine. Ahí está precisamente su mayor acierto.

Hugo 24 recuerda a ese cine español de otra época, más pegado a la calle, a los silencios, a los pequeños gestos y a las conversaciones aparentemente insignificantes que en realidad lo explican todo. Ese cine que no necesitaba grandes giros de guion para hacer una crítica social feroz. Aquí, la crisis de la vivienda, los sueldos insuficientes y la imposibilidad de independizarse no se explican: se viven.

Un retrato generacional profundamente reconocible

En ese sentido, la película conecta muy bien con la situación de muchos jóvenes actuales. Ese momento posterior a terminar los estudios, cuando supuestamente debería empezar la vida adulta, pero en realidad lo que llega es una especie de limbo entre la precariedad, la frustración y la sensación de no estar avanzando.

Aunque la historia de Hugo lleve esa situación a un extremo dramático, el conflicto resulta profundamente reconocible.

Luc Knowles ya había trabajado este retrato generacional en Libélulas, pero aquí lo hace con una madurez mayor y una mirada mucho más contenida.

Frente a otras críticas que han señalado precisamente su dimensión de denuncia social —como la de CINeol, que habla de cómo la película “te mete dentro” del problema del desahucio más que explicarlo—, lo más interesante de Hugo 24 no está solo en su discurso, sino en su forma de observar.

Una puesta en escena cercana y observacional

Formalmente, la película bebe mucho de cierto cine independiente y de vanguardia de los noventa, incluso del llamado cine “de barrio” más observacional. No solo en la narrativa, sino en la propia construcción visual.

La cámara en mano, los planos voyeurs y esa sensación constante de estar acompañando a los personajes en lugar de simplemente observarlos desde fuera hacen que el espectador entre en la historia de una forma muy orgánica.

No hay una búsqueda evidente de la belleza estética entendida como postal; aquí importa más lo narrativo que lo bonito. La cámara no embellece la precariedad, pero tampoco cae en el miserabilismo. Simplemente la muestra.

Y eso le da una autenticidad que resulta difícil de fingir.

Arón Piper sostiene la tensión emocional

Arón Piper sostiene muy bien esa tensión constante del protagonista, alejándose del carisma más evidente para construir un personaje más contenido, más cansado, más atrapado por las circunstancias.

Su Hugo no necesita grandes explosiones dramáticas porque toda la película funciona como una olla a presión silenciosa.

Quizá algunos espectadores puedan encontrar cierta irregularidad en el ritmo o una narrativa demasiado contenida, algo que también ha aparecido en críticas más divididas como la de Cine con Ñ, donde se cuestiona precisamente esa voluntad de abrazar ciertos códigos del indie contemporáneo.

Pero incluso ahí, Hugo 24 encuentra su identidad: no quiere gustar desde el artificio, sino desde la verdad de sus personajes.

Un cine social que apuesta por la honestidad

Al final, Hugo 24 no habla solo de alquileres imposibles o de jóvenes sin futuro. Habla del miedo a crecer cuando crecer significa, muchas veces, simplemente sobrevivir.

Y lo hace desde un cine que parece cada vez menos frecuente: uno que observa, que respira y que entiende que en lo cotidiano también puede habitar una enorme carga política.

Una película sobria, honesta y profundamente contemporánea que demuestra que todavía se puede hacer cine social sin convertirlo en un panfleto.

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