Cabaret: cuando el Kit Kat Klub vuelve a abrir sus puertas en Madrid

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El musical de LETSGO regresa al Espacio Delicias con una propuesta inmersiva que convierte al público en parte del mítico Kit Kat Klub y con Mario Vaquerizo al frente como Maestro de Ceremonias.

Hay obras que simplemente vas a ver y otras que consiguen que, durante unas horas, sientas que has entrado en otro mundo. Cabaret, el musical en el Kit Kat Klub pertenece claramente a la segunda categoría. El otro día tuve la oportunidad de volver a acercarme a uno de los grandes clásicos del teatro musical y la sensación al salir del Espacio Delicias fue precisamente esa: no había estado simplemente sentada viendo un espectáculo, había pasado un rato dentro del Kit Kat Klub.

Esta nueva temporada, que arrancó el 9 de octubre y permanecerá en Madrid hasta el 29 de noviembre, vuelve a apostar por una de las grandes señas de identidad de esta producción: su carácter inmersivo. Y hacerlo en el Espacio Delicias permite que esa idea cobre todavía más fuerza, porque el recinto se transforma completamente para recibir este particular Berlín de los años treinta.

Bienvenidos al Kit Kat Klub

La experiencia empieza prácticamente antes de que se levante el telón. Aquí no existe esa separación tan clara entre escenario y patio de butacas a la que estamos acostumbrados. El público entra directamente en el universo del Kit Kat Klub, rodeado de mesas, sillas, luces, música y una ambientación que busca recrear la atmósfera decadente y provocadora del cabaret berlinés.

Y creo que precisamente ahí está uno de los grandes aciertos de esta producción. La escenografía no se limita a decorar el espacio, sino que forma parte de la narración. Diseñada por Felype de Lima, consigue que el espectáculo tenga una estética reconocible desde el primer momento y que el público sienta que está dentro de ese club donde aparentemente todo está permitido.

Los intérpretes se mueven constantemente alrededor de los espectadores y la acción puede aparecer prácticamente en cualquier punto. Esto hace que tengas que estar pendiente de lo que ocurre no solamente delante de ti, sino también a los lados. Es una propuesta que rompe con la distancia habitual del teatro y que convierte al espectador en una pieza más de la función.

A ello se suma una iluminación especialmente importante para marcar la evolución de la historia. El trabajo de Valerio Tiberi acompaña el contraste entre la fiesta, la sensualidad y el humor del Kit Kat Klub y el ambiente cada vez más oscuro que empieza a rodear a los personajes. Porque, aunque

al principio todo parece diversión, debajo de esas luces hay una realidad política que poco a poco empieza a hacerse imposible de ignorar.

Mario Vaquerizo como Maestro de CeremoniasImg 7895

Uno de los grandes reclamos de esta nueva temporada es, sin duda, Mario Vaquerizo, que se incorpora al reparto para interpretar al Maestro de Ceremonias, alternándose en el papel con Víctor Palmero.

Y es un personaje que parece hecho para alguien con su personalidad. El Maestro de Ceremonias necesita descaro, sentido del espectáculo, provocación y una presencia capaz de dominar el espacio, y Vaquerizo juega precisamente con esas características que forman parte de su propio imaginario público.

Lo interesante es que su presencia no convierte el espectáculo en un simple escaparate de Mario Vaquerizo. Sigue existiendo el personaje y, sobre todo, sigue existiendo la función. Su Maestro de Ceremonias sirve como guía de ese mundo extraño y excesivo que es el Kit Kat Klub, un lugar

en el que la fiesta parece no tener límites mientras, fuera, la sociedad está cambiando a pasos agigantados.

Una historia que sigue siendo incómodamente actual

Cabaret puede tener canciones conocidas, estética, humor y grandes números musicales, pero quedarse únicamente con esa parte sería perderse buena parte de lo que hace que la obra siga funcionando más de medio siglo después de su estreno en Broadway.

La historia, escrita por Joe Masteroff, con música de John Kander y letras de Fred Ebb, nos lleva al Berlín de 1929. Allí conocemos a Sally Bowles, la estrella del Kit Kat Klub, y a Cliff Bradshaw, un escritor estadounidense que llega a la ciudad buscando inspiración para su novela. Al mismo tiempo, la historia de Fräulein Schneider y Herr Schultz introduce otra mirada sobre las consecuencias que tendrá el ascenso del nazismo.

Y ahí está la verdadera fuerza de Cabaret: en ese contraste. Mientras dentro del club todo parece libertad, diversión, deseo y exceso, fuera de sus paredes el mundo empieza a cambiar. Lo que inicialmente puede parecer una simple vía de escape termina convirtiéndose en el reflejo de una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado mientras la amenaza crece.

La obra juega constantemente con esa contradicción. Te hace reír y, casi sin darte cuenta, empieza a incomodarte. Te invita a disfrutar del espectáculo mientras coloca delante de ti una realidad cada vez más difícil de ignorar.

Un reparto que sostiene el espectáculo

Junto a Mario Vaquerizo, esta temporada cuenta con Víctor Palmero, Laia Prats, José Pastor, Patricia Clark, Tony River, Ricky Merino y Marta Arteta, además de un amplio elenco de actores, bailarines, covers y swings.

Laia Prats se pone en la piel de Sally Bowles, uno de esos personajes que necesitan combinar vulnerabilidad, extravagancia y una enorme presencia escénica. Frente a ella, José Pastor interpreta a Cliff, mientras Patricia Clark y Tony River dan vida a Fräulein Schneider y Herr Schultz, una historia de amor que aporta una de las dimensiones más humanas de la función.

También hay que destacar el trabajo del conjunto. En una propuesta en la que los artistas no están encerrados en un escenario convencional y tienen que moverse constantemente entre el público, las coreografías adquieren una dificultad añadida. El trabajo coreográfico de Gillian Bruce consigue que esos desplazamientos formen parte natural del espectáculo y que el espacio parezca mucho mayor de lo que realmente es.

La música como hilo conductor

Si hay algo que hace que Cabaret sea inmediatamente reconocible son sus canciones. Willkommen, Mein Herr, Money Money o la propia Cabaret forman parte ya del imaginario colectivo y aquí vuelven a cobrar fuerza dentro de una puesta en escena diseñada para que la música no sea un elemento aislado.

La música funciona como una extensión de lo que ocurre en el escenario. Primero acompaña la fiesta y el juego, después empieza a adquirir otros matices y termina convirtiéndose prácticamente en el reflejo de todo aquello que los personajes están viviendo.

Y es precisamente esa evolución la que hace que el espectáculo tenga un ritmo muy particular. Durante buena parte de la función estás disfrutando de la estética, de las coreografías y de la energía del cabaret, pero progresivamente empiezas a notar que algo está cambiando.

Cuando la fiesta deja de ser una fiesta

Creo que ese es uno de los aspectos que más me interesaron de esta versión. Cabaret consigue que el espectador entre buscando un espectáculo divertido, provocador y visualmente potente y termine enfrentándose a una historia bastante más dura de lo que podía parecer al principio.

El Kit Kat Klub se convierte entonces en una especie de refugio. Un lugar donde sus personajes pueden ser quienes quieran ser, aunque sea durante unas horas. Pero también es un espacio que representa la negación de una realidad que está ocurriendo justo al otro lado de la puerta.

Y cuando esa realidad termina entrando en el club, el contraste se vuelve especialmente potente.

Después de más de dos horas de espectáculo —la función dura aproximadamente dos horas y media con descanso—, lo que queda no es solamente la imagen de un gran número musical o una canción conocida. Queda la sensación de haber visto cómo una fiesta puede convertirse poco a poco en algo mucho más oscuro.

Una experiencia que merece vivirse, no solo verse

Si algo diferencia esta producción de otras versiones de Cabaret es precisamente la decisión de hacer que el público forme parte del Kit Kat Klub. La escenografía, la iluminación, el vestuario, la música y el movimiento de los intérpretes trabajan juntos para eliminar la distancia entre quien está sobre el escenario y quien está sentado delante.

Y creo que funciona especialmente bien porque la propia historia habla de un mundo en el que los límites empiezan a desaparecer. El cabaret es excesivo, libre, sensual y provocador, pero también esconde una realidad que cada vez resulta más difícil de ocultar.

Salir del Espacio Delicias después de ver Cabaret es, por tanto, salir de una fiesta que nunca fue solamente una fiesta. Y probablemente ahí está el secreto de que esta historia siga funcionando tantos años después: debajo del maquillaje, las luces y las lentejuelas continúa hablando de nosotros, de nuestra capacidad para mirar hacia otro lado y de lo fácil que puede ser acostumbrarse a que algo vaya mal mientras todavía haya música sonando.

Cabaret, el musical en el Kit Kat Klub puede verse en el Espacio Delicias de Madrid hasta el 29 de noviembre.

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